Cosas de mí

jueves, 27 de octubre de 2016

La Lectura

...Y al llegar a lo alto de una cuesta se metió en la boca de un....

Su voz llegaba hasta mis oídos como un eco lejano, remoto, distante que me sumía en un mundo nuevo; un mundo que no era el de todos los días en la vida corriente. Parecía cargada de una música que hacía el  momento especial con su poder para transportarnos a otros tiempos y a otros lugares. Se podría decir que viajábamos en el tiempo y en el espacio sin movernos de la sala.
Las palabras que pronunciaba mi madre cuando leía en voz alta para nosotros, sonaban así de maravillosas. El  atractivo de sus lecturas radicaba tanto en el texto, como en el modo de deletrear y pronunciar que tenía mi madre. Ella modulaba la voz con una suavidad que parecía seda cuando quería, o con la rudeza de un auténtico zafio cuando la frase lo requería. Nunca gemía o reía una madre como una madrastra; nunca hablaba un ángel como un hada, o como un demonio. Se dice que la cara es el espejo del alma, yo diría que las palabras que usamos y cómo las empleamos, también.
 Nunca habló don Quijote como Sancho Panza, nunca habló el conde de Montecristo como su criado, nunca hablaba una dama como su criada, o un caballero como su escudero. Las campanadas, los ladridos o el chasquido de una rueda, todo cuanto acontecía en el transcurso de la narración, tenía un sonido que le era propio.  Cada novela, cada libro tenía su moraleja, su enseñanza útil para la vida.
Tampoco los temas tratados eran los mismos. La Regenta, La Dama de las Camelias, El Judío Errante, El Conde de Montecristo, Agustina de Aragón, Juana de Arco, Mariana Pineda...  Todas estas mujeres y hombres desfilaron ante nosotros de la mano de mis padres.  La obra de autores como Juan Ramón Jiménez, Gabriel y Galán, Cervantes... no nos era desconocida. Mis padres trabajaban muchas horas diarias los dos. Pero los dos sacaban tiempo de no sé dónde  -bueno sí lo sé, nunca tuvieron vacaciones, por ejemplo- para estar con  nosotros, jugar con nosotros y leer con nosotros.

Mi padre era un gran amante de la lectura y del estudio. Le hubiera gustado estudiar siempre, pero debió trabajar desde muy pronto. Aún así, desde niño se dedicó a estudiar robándole tiempo al tiempo.
La costumbre de leer en voz alta la había adquirido mi madre de su padre, mi abuelo Bernardo. Este abuelo solía juntar a su familia alrededor de la mesa con el propósito de leer en grupo.  Tenía cinco hijas que  podían seguir la lectura perfectamente, un hijo pequeño que jugueteaba y otra hija más pequeña aún, que desde la cuna  tal vez  le escuchase y se durmiese con el tintineo de la voz del padre. La madre, mi abuela, como suelen o solían  hacer las madres, escuchaba con atención la lectura y controlaba con la vista a todo el grupo.
Muchas veces he oído decir a mis padres que no envidiaban nada de ninguna persona, excepto "el saber", "los conocimientos" que poseía.  El dinero se gana, también se puede perder... decían. Los conocimientos se adquieren, y una vez en tu haber, nadie puede quitártelos. El saber lo llevas contigo allá a donde vayas, en cualquier circunstancia de la vida.

 Habían vivido mis padres la guerra civil de 1936 con una edad rayana en la adolescencia.
Mi padre fue soldado mientras mi madre estudiaba en Salamanca.  Vieron de qué modo tan veleidoso, tan caprichoso, la Fortuna lleva y trae vidas y haciendas.  Aprendieron que lo que permanece en uno mismo, que nadie podía llevarse ni siquiera la diosa, era el saber adquirido.

El Quijote es uno de los libros que ambos preferían. No sólo como lectura y relectura, también como fuente de citas que sacaban para nostros en muchas ocasiones: "¡qué lástima don Quijote -decía mi padre- vivir loco y morir cuerdo!. Es un libro muy bueno. Ese libro contiene enseñanzas que no han pasado con el tiempo".
Conservo un ejemplar editado en 1879 en Barcelona, que me lo regaló mi padre.
Me gusta tanto el libro, que lo uso con más frecuencia que otras ediciones que tengo del mismo. Lo abro al azar, quiero extarer un párrafo para finalizar este escrito. Leo:
Y como el cura dijese que los libros de caballerías que Don Quijote había leído le habían vuelto el juicio, dijo el ventero no sé yo como puede ser eso, que en verdad que á lo que yo entiendo no hay mejor lectura en el mundo, y tengo ahí dos ó tres dellos, con otros papeles que verdaderamente me han dado la vida, no sólo á mí, sino á otros muchos, porque cuando en tiempo de la siega se recogen aquí muchos segadores, y siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas.
Como suele decirse "hablando de Roma... por la puerta asoma",  ha asomado esta página del capítulo XXXII del Tomo I, del citado libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote De La Mancha.
En este punto lo dejo por hoy, para seguir leyendo, pues esta cita ha echado sal al gusto de la lectura y me ha enganchado con su lengua, que a veces parece deslenguada de puro clara, que hace las mieles como aquí se dice:  ... yo también gusto mucho de oir aquellas cosas, que son muy lindas, y más cuando cuentan que se está la otra señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les está una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles. Así habló Maritornes.
A favor de la lectura de los libros de caballerías estaba también la ventera; mujer que apoyaba su lectura aunque sólo fuera  porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos -el ventero-  estais escuchando leer, que estais tan embobado que no os acordais de reñir por entónces.


Este articulo se lo dedico a mis padres, Tomás Reviriego Chamorro y Estilita Almohalla Chamorro.
Imágenes. Cuentos infantiles. El Quijote. 

viernes, 21 de octubre de 2016

Luisa



Después de diez años alejada de su tierra natal, deseaba pisar el suelo de su casa española, dormir en su cuarto de toda la vida, mirar a lo lejos, desde la ventana del comedor, y contemplar las altas cumbres de la sierra; desempolvar libros y ropas antiguas, repetir los acostumbrados saludos de antaño, cuando volvía del colegio. Ella añoraba los años de estudiante en el colegio, transformado ahora en Hotel de lujo.
Luisa, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de ser madre, esposa y ciudadana americana en la actualidad, nunca renunció a su nacionalidad española, ni a su apellido de soltera, ni tampoco a su casa: la casa de sus padres, donde ella nació, la vivienda a la que siempre se refería como mi casa. Pensó en Berta: desde que terminaron bachillerato y dejaron el colegio, apenas supieron nada la una de la otra: Berta se marchó a Roma, y ella,  por decisión paterna, viajó a Estados Unidos. Conoció a Bob. Se casaron, tuvieron una hija: Matilde.
Ahora regresaría a España, miraría su tierra y sus gentes con la perspectiva de una mujer adulta. Tal vez podría localizar a Berta y viajar juntas al paraje de su adolescencia, dormir en el Hotel que fue su colegio.
Remembranzas de horas cargadas de expectativas de futuro; amiga íntima, confidente, pareja de baile a escondidas. ¡Cómo no acordarse de Berta! Puso su nombre completo en el buscador. Apareció de inmediato su nombre completo, tras las palabras "Esquela de... ", ¿Cómo? -pensó- ¡No es posible! ¡No puede ser ella! No. Debe de tratarse de otra  Berta Maraghini.
Siguió leyendo. Pinchó en la entrada. Buscó más información. Encontró un número de teléfono. Se atrevió y llamó.
-Pronto?

-Pronto. Mi sente?

-La sento.

-Buongiorno.  Me chiamo Luisa, spagnola... Io sonno un'amica 

-¿Española? Yo soy española, también.
-¿Ah, si? pregunto por Berta Maraghini. Berta que estudió en España. Marchó a Roma al terminar el colegio. Soy amiga suya, compañera del Colegio. Perdone, pero estoy confusa. He visto en Internet... no sé si se trata de la misma Berta. Su hermano estudiaba Medicina en Salamanca; se llamaba, o se llama, Alberto.
-Sí, sí. Así es. Soy su cuñada.  Te puedo decir que Berta falleció.

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Entonces es cierto?
-Sí. Hace apenas unos meses. El día diez de febrero. Un accidente de moto.
-Lo siento, lo siento muchísimo. ¡Dios mío! Pero no puede ser. La veo tan clara, delante de mi, ahora mismo. Con la misma sonrisa, riéndonos y parloteando las dos, componiéndonos el pelo y la falda y las medias para bajar al recibidor donde nos esperaban su hermano y un amigo que iban a visitarnos de vez en cuando.
-Falleció, sí. Aún nos parece mentira a todos.
-Entonces era muy feminista. Decía que jamás se casaría.
-Si... (dijo sonriendo). Se marchó a Estocolmo después. Conoció a este chico, se casaron. Tuvo un niño. Un niño pequeño aún. Tiene cinco años.
-Yo vivo en Estados Unidos, pero voy a estar unos meses en España. Quiero pasar con mi marido por el Hotel  que fue nuestro Colegio. Me he acordado aún más de ella con este viaje.
-Iremos a España a llevar sus cenizas. La incineramos. Ella, sin pedirlo de modo expreso, lo había dejado caer, a modo de comentario, de opinión del momento en medio de conversaciones tontas, de esas que mantienes sin esperar que vaya a suceder. Ya sabes. 
Continuó hablando con su interlocutora durante unos minutos. Supo que Berta se había casado poco después de llegar a Italia. Su marido y su hijo continuaban viviendo en Roma, así lo decidió su viudo cuando ocurrió el desastre, cuando aquel coche se les cruzó en el camino y la moto derrapó.
Cuidando del niño al máximo, intentaba  desprenderse de un dolor profundo, agobiante. Buscaba alivio en las tareas de la vida cotidiana, como si con ello su día a día pesase menos en su ánimo hecho trizas.
Ella  había sido incinerada. Regresaría a España en el momento que su esposo, hermano y cuñada tuviesen las fuerzas suficientes para volver con esa cajita de mármol. Traerían a su hijo también. Reposaría sus cenizas en el Panteón familiar. La idea de lanzarlas al viento les provocó un dolor intenso; sentían su incapacidad para desprenderse de lo único que aún quedaba de ella: aquel polvo gris, donde ya no se podía separar ni distinguir entre el contenedor del cadáver y el cadáver mismo. Todo se había hecho uno al convertirse en cenizas,  pero una parte de aquellos residuos grises, procedía del cuerpo de su amiga.
En la época colegial, cuando juntas se escapaban de la fila a la hora del paseo, se escondían en un cuarto. Bailaban. Imaginaban encontrarse a solas -con su amado, con un amado cualquiera, les daba igual, con un amado al que adorarían-. Imaginaban bailar con él, en un viejo salón de un palacete muy antiguo, destartalado por el paso del tiempo y sin muebles apenas.
Jorge, que así se llamaba el prometido de sus sueños,  aún no tenía un trabajo a su gusto ni bien remunerado, y Berta, secretaria  de dirección, le mantendría por un tiempo. Después, le confesaría su agobio por la tardanza, el paso del tiempo y todos esos asuntos que hacen a las mujeres ponerse nerviosas cuando desean tener hijos y ven que el tiempo se les va.  Entonces,  temiendo caer en las innumerables contradicciones de su feminismo militante y su vocación, decía, de madre y de esposa, empezaba a especular. Se enredaba en disquisiciones filosóficas sobre el matrimonio y los hijos, la vida y el amor, la edad y el tiempo, la moral y el sexo, y concluía en el momento que los argumentos, tan diferentes, tan dispares, se le embrollaban sin orden ni concierto. Azorada y desorientada, para disimular su turbación, se ponía a bailar;  o pronunciaba alguna sentencia entre risas y bromas: Nos estamos poniendo muy serios;  venga,  vamos, ven. Vamos a bailar.
El tintineo de una campanilla de cobre venía a sacar a esas dos adolescentes de su ensimismamiento: Ya están aquí. Vamos, venga, Berta, deja ya el baile, vamos, va, venga. Nos van a pillar cualquier día. Y nos vigilaran por encima de las murallas si hace falta. Venga, vamos. Corre.
Al cabo de unos minutos estaban las dos, en la fila, entrando al comedor con todas las demás. Como si nada hubiese ocurrido en esas dos horas que duraba el paseo de los miércoles por la tarde; oía su voz contándole entusiasmada y mimosa sus aventuras con Jorge. Mientras la Madre Rosario nos hablaba de Felipe II ¿Te acuerdas?, estuve escribiéndole una carta. Una carta llena de pasión, larguísima.
Pasado un rato elegían un hombre. Lo inventaban:  doncel del siglo XV vestido al estilo del siglo XX, parecía más, que un hombre de carne y hueso que años después, fuera de esos muros, conocieron de verdad y fueron conocidas por ellos. Luisa prefería mil veces que un hombre la encontrase guapa a que le llamase inteligente.

Entusiasmada con su largo pelo castaño muy claro, pensaba teñirlo de color rubio platino cuando acabase el colegio;  se casaría en la catedral, sería una novia velada,  con muchas flores, con música celestial cubriendo todo el espacio sonoro del templo. Transcurrieron los años. Cumplió su sueño de boda en la catedral. Las noticias de Berta se fueron distanciando hasta dejar de recibirlas. Pero a ella la retuvo en su memoria.



domingo, 16 de octubre de 2016

Los fantasmas De Luisa



El claustro perpetuaba el antiguo corredor del colegio. Los pasos de Luisa resonaban en ese espacio amplio y vacío, hasta donde llegaban los olores mezclados de las plantas y de los árboles del jardín.  
 Andaba despacio, con indolencia; miraba  a todas partes; absorbía la esencia del aire, se embobaba con el recuerdo.
 Por unos instantes le pareció ver una sombra. Sintió entonces una punzada en el pecho, a la que siguió un dolor agudo, intermitente, en un costado. Llevó sus manos al lugar del dolor, respiró hondo. Poco a poco recuperó su ánimo. 
 La puerta del final de la sala por donde ahora circulaba, la que conducía a Siberia -única habitación del colegio en la que no había calefacción-, dejó pasar el aire como si de una exhalación se tratase. Luisa percibió un extraño olor, un olor raro que no podía identificar. Extrañada, siguió adelante. Quería volver a Siberia, deseaba sentarse -si aún seguía allí- el sillón de aquel despacho pequeño y casi siempre desocupado, donde la Madre Prefecta les convocaba de una en una, para hablar con cada niña, a solas, a modo de confesión no sagrada, pero de alto nivel.
 Encaminó sus pasos con cuidado, agudizando sus cinco sentidos y otros cinco más que tuviera. Pretendía olvidar el pasado y concentrarse en el presente. El antes y el ahora se mezclaban, presentía en su carne un ambiente  vacío, sentía que el aire pesaba demasiado, demasiado denso. Vio con la misma claridad que veía sus  propias manos, o  la puerta del fondo del pasillo, o el pasillo mismo,  una sombra similar a una nube negra. La nube se deshacía y tomaba la forma de un bulto negro, después ese volumen amorfo se perfiló, poco a poco, hasta adquirir la imagen de cuerpo humano. Luisa, asustada, intentó hablar: balbuceó apenas unas sílabas. Esa larga nariz, esos huesudos pómulos... la forma de moverse, la compostura adoptada cuando parecía sentarse enfrente de ella,  su modo de girar la cabeza... De repente, dio un brinco, un salto hacia atrás; gritó: ¡Madre Remedios! ¡Madre prefecta!.. ¿Qué es esto? ¿Pero qué  me está pasando?
 Inmovilizada por el pánico, como una autómata, comenzó a repetir movimientos habituales en  tiempos de alumna, cuando la Madre Rosario les pasaba revista: la falda, los zapatos... Bajó sus brazos y con las manos comenzó a estirarse la falda, repasó la postura de su blusa, se colocó las medias, retocó los puños de su chaqueta, se atusó el pelo, se puso derecha y  miró a la Reverenda Madre, del mismo modo que lo hacía a diario cuando era una adolescente.
 La figura negra dio media vuelta, emprendió el camino hasta la puerta de roble oscuro que separaba la parte pública de la parte privada del colegio. Una elegante puerta de roble oscuro sobre la que colgaba un cartel blanco, decorado con filinagrana negra, en el que se leía: Clausura.
La antigua alumna se detuvo sin apartar los ojos del vacío negro que se abría frente a ella.  Gritó: ¡Madre! ¡Madre! ¡Madre prefecta! ¿Dónde va? ¿Dónde va? ¿Qué hace aqui? ... Madre...
Los velos negros ondeaban en el aire, la figura avanzaba cruzó el umbral hacia el otro lado. Luisa alargó un brazo, quería tocarla, recibir  respuestas, oír su voz... 
Se hizo el silencio. Un escalofrío recorrió su espalda. de repente, sin pensar en nada, Luisa se abrazó a sí misma como protegiéndose de un peligro que no alcanzaba a ver.
Volvió,  asustada,
al corredor del Hotel.

Volvió al claustro del Hotel; desde allí vió los altos árboles del jardín, los árboles de simepre, los árboles entre los que corría cuando era una niña. Vió la fuente, la misma de antaño que aún daba abundante y fresca agua. Olió el perfume de las violetas que crecían en el parterre cercano al lugar en el que ella estaba. Dió unos pasos hacia adelante. Cruzó el camino que lleva a la pérgola, y mientras  andaba hacia su refugio adolescente,  pensaba en Berta. 

jueves, 13 de octubre de 2016

La Magia De Las Palabras: Del Outlet Al Fashion Week



La lengua inglesa se ha convertido en una forma de hablar latest fashion. Y como todo lo que es fashion y además latest mola mucho, pues nada. Encantados. A vestirse de saldos, a ponerse encima lo que manden y a vivir que son tres días.
Desde que a los saldos de toda la vida se les llama outlet, al mono de vestir jumpsuit, o se celebra Halloween por todo lo alto, nadie se ofende porque no se hable la lengua de su tierra, su lengua nativa. Si se habla en inglés, todo vale.
Así es que nos vemos envueltos y liados con las nuevas palabras para llamar con otro nombre a lo que conocemos desde siempre. Palabras y expresiones como: outletfashion Weekpin up, whatsApp y otras muchas poseen la capacidad de transformar lo feo en bonito, lo indeseable en deseable, el desprestigio en prestigio y así sucesivamante. Tienen el poder de llenarnos de ilusión mientras nos aculturan a marchas forzadas.Vivimos un momento histórico en el que lo americano nos domina y le respondemos con la mejor de nuestras sonrisas.

sábado, 8 de octubre de 2016

San Caralampio. Torrelaguna





Se llama lumina. Se usa como protección del mal de ojo, prevenir y/o ayudar en la curación de los enfermos, para aprobar un examen, o cualquier asunto delicado que los hombres y mujeres de Torrelaguna y otros pueblos serranos utilizan.
Con nombres como: númina, nómina, lámina, lomina... suele conocerse en zonas de de Castilla. Madrid capital es uno de los lugares donde se usa también, probablemente, traida y llevada por los paisanos de las sierra y por los venderes de la hoja.