Cosas de mí

domingo, 25 de septiembre de 2016

Villena: Espacios Urbanos. I




Las fotografías expuestas con el título Villena: Espacios Urbanos. I, II, III, IV, V las realicé durante mi trabajo de campo en esa ciudad y su comarca. Ver: Una tarde en el Negresco de Villena.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Hace Mucho Tiempo...


La tierra concibió y esperó. 
Cuando de sus entrañas brotaron los primeros tallos, el campo se cubrió de hierba fresca. Cuando de sus entrañas brotaron vástagos  cuajados de yemas, el prado se vistió de color. Y la tierra se encontró bella. Y la tierra se enamoró de sí misma. Y así se mostró ante el cielo. Y la tierra volvió a alumbrar vida y la vida hermoseó la tierra.

Y así fue desde el principio de los tiempos. 
Un día la mano labradora se atrevió a herir la tierra. Arrancó flores, arrancó hierbas. Rompió vástagos cuajados de yemasCultivó la tierra a su manera. Entonces, el Hombre debió rogar al cielo y debió rogar a la tierra.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Proust Y Yo



Marcel Proust me hace guiños de tanto en tanto.  Hoy su voz ha sonado en mis oídos, como la campana que anuncia la hora del té.  Acudo. Hablamos. Me deleita con sus palabras.
Juntos vemos retazos de la vida el uno del otro. Vida contra vida; momento contra momento. Mientras le escucho, zumba el bullicio de las gentes que, más o menos en la lejanía y señalando las distancias, como el vuelo de los pájaros en el cielo, me describe la extensión de la plaza por donde los carros de los tenderos cruzan deprisa hacia el mercado central; y las sirvientas, con la cesta de la compra en ristre, coquetean con los mozos hasta que llegan a un punto del rellano donde los jornaleros se paran. Ahí se quedan ellos; ellas continúan calle abajo, bamboleando la cesta de mimbre, que a buen seguro, debían de llevar vacía.
Ma seule consolation, quand je montais me coucher, était que maman viendrait m'embrasser.  Mais ce bonsoir durait si peu de temps, elle redescendait si vite, que le moment où je l'entendait monter, puis où passait dans le couloir à double porte le bruit léger de sa robe de jardin en mousseline bleue, à laquelle pendaient de petits cordons de paille tressée, était pour moi un moment douloureux. 
La ventana estaba cerrada y la lámpara de la mesa se apagaba casi a la vez que las farolas de la ciudad. Un muchacho se acercó a nuestra mesa. Preguntó. Se volvió. Abrió de par en par las contraventanas: los primeros rayos de sol se reflejaron en los espejos del Café. La extensión de la plazuela surgió ante nuestros ojos. Una señora de riguroso luto, acompañada por una criada, camina en dirección a la iglesia del Carmen. Detrás de ellas, dos hombres de avanzada edad, como si las escoltasen,  avanzan muy erguidos. Un coche, sin poder evitar el brinco de las ruedas sobre los adoquines, entraba a la plaza bajo el arco de la calle Mayor; tirado por dos caballos negros a los que hostiga sin tregua un cochero que viste capa y sombrero tan negros como las bestias.
Al otro lado de nuestra mesa,  casi rozándonos, vemos una diminuta nariz aplastada contra el vidrio de la ventana; por encima unos ojos azules, muy abiertos,  nos observan.  Repiqueteo en el cristal con la yema de los dedos: sonrío; el niño me devuelve la sonrisa; enseguida ajusta sus manos al cristal e imita el  repique de mis dedos adultos. De repente, como si un afilado aguijón le pinchara, se da media vuelta y echa a correr, veloz, seguido de un cachorrillo, hasta llegar junto a una mujer que le sigue con la mirada desde la puerta de un establecimiento cercano.
Ya no luce el sol. En el cielo las nubes anuncian lluvia. En la calle las fachadas van tomando el color opaco que les da la niebla, como veladura que esconde la viveza de sus colores originales.  Las personas que circulan por la explanada aceleran el paso. Las luces de los veladores  vuelven a alumbrar a los tertulianos.
Yo encontraba cierto encanto en estas tertulias que parecían emanar de un rincón de mi cerebro. Suena en mi cabeza su voz imaginada.  
Y después de la tertulia, ¡ay!, tenía que separarme de él que se marchaba andando solo, paseando, bulevar adelante, si hacía buen tiempo; o en un coche de punto si el tiempo era malo. Seguí sus pasos desde la ventana. Vi cómo, bastón en mano, echaba un pie, luego otro...despacio, muy despacio. La lentitud de su caminar le distinguía entre la muchedumbre que, pasada la tormenta, volvía a ocupar la plaza. Pronto vi su cuerpo a lo lejos, como un punto que se pierde en el infinito. El paisaje circundante se interpuso entre él y yo. El aire y la bruma parecían haber borrado sus huellas.
Me preguntaba qué hora sería.  Un pájaro cruzó por encima del  tejado vecino. Alcé la vista para seguir su vuelo. Las campanadas del reloj anunciaron la hora de la cena. Se callaron las voces. Se vació la plaza. La noche caía despacio, fresca y oscura.
Apoyo mi cabeza en el respaldo del sillón. Cierro los ojos, le veo frente a mí. Noto el influjo de su mirada  cercana. Sus acertadas palabras se repetían en mi memoria, como si saliesen de su boca en ese instante. Me habla con voz firme. Le digo que no se vaya, que se quede ahí, donde está. Le pido que me hable. Sonríe, mientras acerca sus labios a mis oídos. Le sonrío.
La cadencia de su voz me arrullaba y yo le oía, muy claro, cuando, como un susurro me contaba historias del tiempo que había pasado en  Combray;  poco a poco,  mis ojos se fueron cerrando y mis párpados se fijaron a la piel, recordé, o dije, ya en sueños:  Longtemps, je me suis couché de bonne heure. Parfois, à peine ma bougie éteinte, mes yeux se fermaient si vite, que je n'avais le temps de me dire: "Je m'en dorm".


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Berta


El día entero había sido una fiesta. El curso había terminado. Comenzaban las vacaciones de verano, alumnas y profesoras se despedían del colegio hasta el próximo curso, sólo las mayores, las de último año, se despedían con la ilusión de cruzar el umbral del colegio y de salir  al mundo,  contra el que les habían prevenido tantas veces a lo largo de los años de estudiantes de Bachiller.
Berta no pudo pegar ojo en toda la noche. Se iría a Roma con su padre, al que apenas conocía. Lo recordaba, vagamente, de sus vacaciones en el mar cuando era muy niña, mucho antes de ingresar en el internado, mucho antes de perder a su madre.
Saltó de la cama y salió al pasillo por ver si echaba fuera de su cuerpo la indomable inquietud que le asaltó de repente. A punto de gritar, tapó su boca con las dos manos.
Los pilotos del dormitorio iluminaban el suelo y el zócalo con su tenue color ocre. Las ventanas abiertas de par en par dejaban ver el resplandor de la luna sobre la pared del patio de las higueras bajo el dormitorio. Una gran bocanada de aire, y luego otra y después otra y otra le ayudaron a sosegar el ritmo de su respiración. Nerviosa aún, dirigió sus pasos con cautela hacia el cuarto de Luisa. Sin llamar abrió la puerta. Entró.
Ven, siéntate aquí. Ven a mi lado, Le dijo Luisa sin hablar. Se entendían con la mirada, con un solo gesto, un leve movimiento de los ojos. Luisa sabía que Berta no era feliz. Enterada de su extraña relación paterna y su inexistente vida familiar,  Berta  pugnaba por encontrar algo de orden envuelta ena maraña de sentimientos contradictorios. 



lunes, 5 de septiembre de 2016

Luisa



Después de diez años alejada de su tierra natal, deseaba pisar el suelo de su casa española, dormir en su cuarto de toda la vida, mirar a lo lejos, desde la ventana del comedor, y contemplar las altas cumbres de la sierra; desempolvar libros y ropas antiguas, repetir los acostumbrados saludos de antaño, cuando volvía del colegio. Ella añoraba los años de estudiante en el colegio, transformado ahora en Hotel de lujo.
Luisa, a pesar del tiempo transcurrido, a pesar de ser madre, esposa y ciudadana americana en la actualidad, nunca renunció a su nacionalidad española, ni a su apellido de soltera, ni tampoco a su casa: la casa de sus padres, donde ella nació, la vivienda a la que siempre se refería como mi casa. Pensó en Berta: desde que terminaron bachillerato y dejaron el colegio, apenas supieron nada la una de la otra: Berta se marchó a Roma, y ella,  por decisión paterna, viajó a Estados Unidos. Conoció a Bob. Se casaron, tuvieron una hija: Matilde.
Ahora regresaría a España, miraría su tierra y sus gentes con la perspectiva de una mujer adulta. Tal vez podría localizar a Berta y viajar juntas al paraje de su adolescencia, dormir en el Hotel que fue su colegio.
Remembranzas de horas cargadas de expectativas de futuro; amiga íntima, confidente, pareja de baile a escondidas. ¡Cómo no acordarse de Berta! Puso su nombre completo en el buscador. Apareció de inmediato su nombre completo, tras las palabras "Esquela de... ", ¿Cómo? -pensó- ¡No es posible! ¡No puede ser ella! No. Debe de tratarse de otra  Berta Maraghini.
Siguió leyendo. Pinchó en la entrada. Buscó más información. Encontró un número de teléfono. Se atrevió y llamó.
-Pronto?

-Pronto. Mi sente?

-La sento.

-Buongiorno.  Me chiamo Luisa, spagnola... Io sonno un'amica 

-¿Española? Yo soy española, también.
-¿Ah, si? pregunto por Berta Maraghini. Berta que estudió en España. Marchó a Roma al terminar el colegio. Soy amiga suya, compañera del Colegio. Perdone, pero estoy confusa. He visto en Internet... no sé si se trata de la misma Berta. Su hermano estudiaba Medicina en Salamanca; se llamaba, o se llama, Alberto.
-Sí, sí. Así es. Soy su cuñada.  Te puedo decir que Berta falleció.

-¿Qué? ¿Cómo? ¿Entonces es cierto?
-Sí. Hace apenas unos meses. El día diez de febrero. Un accidente de moto.
-Lo siento, lo siento muchísimo. ¡Dios mío! Pero no puede ser. La veo tan clara, delante de mi, ahora mismo. Con la misma sonrisa, riéndonos y parloteando las dos, componiéndonos el pelo y la falda y las medias para bajar al recibidor donde nos esperaban su hermano y un amigo que iban a visitarnos de vez en cuando.
-Falleció, sí. Aún nos parece mentira a todos.
-Entonces era muy feminista. Decía que jamás se casaría.
-Si... (dijo sonriendo). Se marchó a Estocolmo después. Conoció a este chico, se casaron. Tuvo un niño. Un niño pequeño aún. Tiene cinco años.
-Yo vivo en Estados Unidos, pero voy a estar unos meses en España. Quiero pasar con mi marido por el Hotel  que fue nuestro Colegio. Me he acordado aún más de ella con este viaje.
-Iremos a España a llevar sus cenizas. La incineramos. Ella, sin pedirlo de modo expreso, lo había dejado caer, a modo de comentario, de opinión del momento en medio de conversaciones tontas, de esas que mantienes sin esperar que vaya a suceder. Ya sabes. 
Continuó hablando con su interlocutora durante unos minutos. Supo que Berta se había casado poco después de llegar a Italia. Su marido y su hijo continuaban viviendo en Roma, así lo decidió su viudo cuando ocurrió el desastre, cuando aquel coche se les cruzó en el camino y la moto derrapó.
Cuidando del niño al máximo, intentaba  desprenderse de un dolor profundo, agobiante. Buscaba alivio en las tareas de la vida cotidiana, como si con ello su día a día pesase menos en su ánimo hecho trizas.
Ella  había sido incinerada. Regresaría a España en el momento que su esposo, hermano y cuñada tuviesen las fuerzas suficientes para volver con esa cajita de mármol. Traerían a su hijo también. Reposaría sus cenizas en el Panteón familiar. La idea de lanzarlas al viento les provocó un dolor intenso; sentían su incapacidad para desprenderse de lo único que aún quedaba de ella: aquel polvo gris, donde ya no se podía separar ni distinguir entre el contenedor del cadáver y el cadáver mismo. Todo se había hecho uno al convertirse en cenizas,  pero una parte de aquellos residuos grises, procedía del cuerpo de su amiga.
En la época colegial, cuando juntas se escapaban de la fila a la hora del paseo, se escondían en un cuarto. Bailaban. Imaginaban encontrarse a solas -con su amado, con un amado cualquiera, les daba igual, con un amado al que adorarían-. Imaginaban bailar con él, en un viejo salón de un palacete muy antiguo, destartalado por el paso del tiempo y sin muebles apenas.
Jorge, que así se llamaba el prometido de sus sueños,  aún no tenía un trabajo a su gusto ni bien remunerado, y Berta, secretaria  de dirección, le mantendría por un tiempo. Después, le confesaría su agobio por la tardanza, el paso del tiempo y todos esos asuntos que hacen a las mujeres ponerse nerviosas cuando desean tener hijos y ven que el tiempo se les va.  Entonces,  temiendo caer en las innumerables contradicciones de su feminismo militante y su vocación, decía, de madre y de esposa, empezaba a especular. Se enredaba en disquisiciones filosóficas sobre el matrimonio y los hijos, la vida y el amor, la edad y el tiempo, la moral y el sexo, y concluía en el momento que los argumentos, tan diferentes, tan dispares, se le embrollaban sin orden ni concierto. Azorada y desorientada, para disimular su turbación, se ponía a bailar;  o pronunciaba alguna sentencia entre risas y bromas: Nos estamos poniendo muy serios;  venga,  vamos, ven. Vamos a bailar.
El tintineo de una campanilla de cobre venía a sacar a esas dos adolescentes de su ensimismamiento: Ya están aquí. Vamos, venga, Berta, deja ya el baile, vamos, va, venga. Nos van a pillar cualquier día. Y nos vigilaran por encima de las murallas si hace falta. Venga, vamos. Corre.
Al cabo de unos minutos estaban las dos, en la fila, entrando al comedor con todas las demás. Como si nada hubiese ocurrido en esas dos horas que duraba el paseo de los miércoles por la tarde; oía su voz contándole entusiasmada y mimosa sus aventuras con Jorge. Mientras la Madre Rosario nos hablaba de Felipe II ¿Te acuerdas?, estuve escribiéndole una carta. Una carta llena de pasión, larguísima.
Pasado un rato elegían un hombre. Lo inventaban:  doncel del siglo XV vestido al estilo del siglo XX, parecía más, que un hombre de carne y hueso que años después, fuera de esos muros, conocieron de verdad y fueron conocidas por ellos. Luisa prefería mil veces que un hombre la encontrase guapa a que le llamase inteligente.

Entusiasmada con su largo pelo castaño muy claro, pensaba teñirlo de color rubio platino cuando acabase el colegio;  se casaría en la catedral, sería una novia velada,  con muchas flores, con música celestial cubriendo todo el espacio sonoro del templo. Transcurrieron los años. Cumplió su sueño de boda en la catedral. Las noticias de Berta se fueron distanciando hasta dejar de recibirlas. Pero a ella la retuvo en su memoria.